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El verano mola, en Instagram (y sin hijos)

Las vacaciones con hijos son una locura. En enero, mientras estás en estado catatónico en el sofá tras un largo día rematado por la paliza final de baños-cena-cuento-duérmete ya, lo idealizas: tus hijos, tu parte contratante y tú, llegando a una playa casi desierta, de aguas cristalinas y con UNA bolsa y poco más. Corre la brisa y se respira paz y armonía mientras merendáis fruta fresca (sin arena). Hacéis castillos en la orilla sin que los niños se peleen por la pala roja ni os destroce una ola la muralla ni a los niños les pique la piel.

Entonces, llega el ansiado mes de julio/agosto y… la realidad es otra. Todo el año anhelando que llegara este momento y te das de bruces con esto:

El viaje 

Madre asustada en coche por vacaciones con niños

Para empezar, está el desplazamiento hacia el lugar de vacaciones. El inicio de las vacaciones no puede ser más desafortunado porque entre planificar y organizar maletas y que sabes lo que te espera ya empiezas hiperventilando. Pero todavía tienes esperanza, crees que una vez lleguéis todo será paz y amor. Los afortunados que viven en o cerca de la costa no tienen este problema. Los que no, padecemos el estrés de todo el año laboral concentrado en unas horas de coche/tren/avión. La ventaja de ir en transporte público es que sales a tu hora sí o sí. Si viajas en tu propio coche más vale decir que “salimos a las 9” si tu objetivo es salir a las 11.

Con independencia del medio de transporte elegido tus tímpanos serán perforados con múltiples variantes quejosas: “¿cuánto queda?”, “¿queda mucho?”, “me aburro”, “tengo pis” (a los 20 minutos de haberse subido al coche). De hecho, tus vacaciones sucederán en el rato que estén dormidos. Ya. Después, se acabó. Si viajas con compañeros de asiento, tendrás la carótida hinchada todo el viaje de la tensión por evitar que molesten. Que, a ver, son niños pero…

A la playa con niños

Este es mi episodio favorito de las vacaciones con hijos. O casi, porque los que vienen después, tampoco tienen desperdicios.

Ya cuando sales de casa estás sudando como un pollo y has perdido 5 años de vida. Entre poner cremas, preparar toallas, meriendas y juguetes y encontrar una chancla que vete tú a saber dónde ha puesto el bebé, se te ha ido una hora. Y vas a estar dos en la playa. No te salen las cuentas. La relación esfuerzo-compensación no existe. Lo que realmente te apetece es acostarles ya. Y aún no has empezado.

Niño a la playa

El camino a la playa, que antaño recorrías en 5 minutos, se eterniza. “Tengo sed” (“¿yaaaaa?”) y “no quiero andar” se suceden regados por un sol de justicia.

Llegados a la playa, toca buscar sitio. A los niños les da más o menos igual, pero tu maromo no hace más que poner caretos mientras tú buscas el lugar idóneo. Según el día, acabas en medio metro cuadrado rogando a tus hijos que no rebocen de arena al vecino de playa que te está echando las migajas del bocata en el cogote.

Una vez encontrada la ubicación perfecta, hay que montar el chiringuito: sombrilla estratégicamente colocada para que no se achicharren los niños, toalla imposible de colocar sin que a los 2 segundos la hayan pisado tus hijos veinte veces, quinientos millones de juguetes que tendrás que arrancar después a los niños de los alrededores. Parece poco pero… casi te sale una hernia del esfuerzo.

Bebé en la arena

Con un poco de suerte, los niños aguantarán 10 minutos jugando bajo la sombrilla. Esos minutos te sabrán a gloria. Con calma tensa amagarás sacar un libro… Te mirarán de reojo, paralizarás la maniobra. Cuando miren a la orilla aprovecharás y lo abrirás y en el momento en que tu pupila se pose sobre la primera línea… ¡tus hijos se abalanzarán sobre ti al grito de “¡mami, mami, vamos a hacer castillos!”.

Madre incómoda en la playa

Un clásico es el “tengo caca”. Ahí tu cerebro maligno dice “pos al mar”. Pero tu cerebro cívico impulsa tus piernas cual gacela y llevas al niño en volandas al cuarto de baño. Los pises marinos los aceptamos. Eso es así.

Llega el momento de irse. En realidad has conseguido (hace 5 minutos) estar a gusto; pero el tiempo apremia y aún queda levantar el campamento y las maniobras baño-cena-cuento-duérmete ya. Que una vez superadas va a suponer el único rato de descanso y silencio en todas las vacaciones. Estas maniobras normalmente son el infierno en la tierra, casi empatadas con salir de casa, pero si añades a la ecuación toneladas de arena que hay que despegar de su piel encremada, mucho sol acumulado en sus cuerpecitos y cansancio… es peor que escalar el Everest. Pero sigamos…

“Niño, que nos vamos”… y se abrió la caja de Pandora. La primera maniobra de tu vástago es hacerse el loco: si no la miro es como si no me hubiera enterado piensa su minimente. Una vez insistes amorosamente, te mira en plan se va a ir Rita la cantaora. La cosa promete. Finalmente se produce el cataclismo y tu agotado hijo deja patente delante de los millares de bañistas que os rodean que no se quiere ir JAMÁS. Al final, lo consigues, pero te han salido 2 patas de gallo y 4 canas.

La salida de la playa puede hacerse de dos maneras: pasando de todo, nos vamos como croquetas a casa y dentro de 3 días ya sacudimos la arena que se vaya acumulando en la bolsa; o todos a pasar por la ducha y a salir lo más dignamente del arenal. Esto no sé si merece mucho la pena, por los posibles gritos y los 20 minutos que te tiras entre duchar y secar intentando que los niños leviten y no se pringuen de arena de nuevo. Aunque ir más fresquito y menos pringoso puede hacer más llevadero el camino de vuelta.

Si para ir a la playa el niño no quería andar, para volver directamente “no puedo”. Y lo peor es que es verdad. Le animas con carreras deseando que eso te convalide el gimnasio y que tu cuerpo haga las paces con los dos kilos de empanada que te has comido desde que empezaste las vacaciones. Con alguna que otra lágrima por su parte y muchas respiraciones profundas (y algún día algún grito del que te arrepientes profundamente) por la tuya, consigues llegar a casa. Y, ¡porca miseria! Por alguna extraña razón, las criaturas resucita y ya solo quiere jugar y jugar y jugar. Llenando todo de arena, por supuesto.

Las variantes veraneo en el norte, veraneo en el sur:

Norte: metes un pie en el agua y se te gangrena la pierna. A tus hijos se la trae al pairo y te ves obligada a meterte del tirón teniendo que alguno se ahogue. Si te quedas hasta tarde en la playa, manguita larga al canto.

Sur: pisas la arena de la playa y te sale una quemadura de segundo grado. El niño con chanclas hasta el agua y si tienes un bebé gateador, estás perdido. Si te quedas hasta tarde en la playa, podrás respirar y rehidratarte recuperando los litros de agua perdidos por el sudor.

La feria del pueblo 

Fiestas pueblo vacaciones con hijos

Entonces llega él momento… empiezan las fiestas. Y, ¿qué no puede faltar en cualquier festejo popular de verano? Los cacharritos. Sí, esos bichos mecánicos llenos de luz y sonidos estridentes, con canciones de temática de dudosa pedagogía para los oídos infantiles (que si te rozas, que si me comes, que si a ella le gusta). El dolor de cabeza está asegurado. Y el agujero en el bolsillo, también. Porque precisamente barato no es el ocio feriante. Si consigues evitar los peluches gigantes será el triunfo del verano. Porque a ver dónde metes ese acumulapolvo en el coche a reventar en el viaje de vuelta. 

Si encima te mareas hasta en el carrusel que va a 2 por hora, ¡diversión asegurada!

El momento cumbre de los cacharritos es la salida. Tú habrás pactado con tu hijo el número de chismes en los que se puede montar, le habrás avisado de que ese es el último pero… indefectiblemente habrá pollo. La intensidad puede ir de un entrecejo fruncido acompañado de una boca enfurruñada y brazos cruzados sobre el pecho estilo María Teresa Campos, a lloros, pataleta y negación en rotundo de irse.

La  siesta

Ay, la siesta. Qué tiempos aquellos en los que era casi una cuestión de estado. Ahora, si tienes un bebé, te las tienes que ingeniar para que te coincida su siesta con la tuya. Esto se resume en que o comes tú también a las 12:30 de la mañana o te acuestas a las 14:00 y ya comerás si eso. Si tienes más de un hijo ya la cosa se complica mucho. Puede que se alineen los astros y se duerman a la vez. Te desmayarás de la emoción así que no tendrás ni que quedarte dormida. Pero, lo normal es que no. Con suerte, el mayor es lo suficientemente mayor para que, con bastante cargo de conciencia pero más sueño, le pongas unos dibujitos. En inglés, eso sí, que así la conciencia se queda limpia como una patena. La siesta, por descontado, se verá interrumpida por el pis/caca de turno o por el cambio de dibujitos porque esos ya le aburren. Mientras grite bajito y no se despierte el hermano pequeño, todo va bien.

Bebé con regadera

Mi hijo menor a la hora de la siesta. Muy propia la regadera porque así estoy yo de no dormir.

En este apartado incluyo también una cosa muy de padres, los madrugones. Los días cunden tanto como largos se hacen ya que tus vástagos parece que huelen, porque ver, con esa persiana que casi alicatas para que no entre un rayo de luz, no es posible, la salida del sol. Lo de que las vacaciones son para descansar, si ya íbamos viendo que no, queda descartado en este punto.

Leer

Libro vacaciones con hijos

Dedicar un rato a la literatura era un clásico básico de tu juventud playera. Igual también caía alguna revista de cotilleo, sí, admitámoslo. Pero la cuestión es que PODÍAS LEER. Leer en la playa mola mucho. Igual se te quemaban las retinas según la hora del día, pero es guay. Ahora, no vas más allá de cuentos infantiles y cuando amagas a sacar un libro… ya hemos visto lo que pasa. Así que vas o vas libro en mano por el mundo, para sacarlo en alguno de los escasos momentos en los que tus hijos están tranquilos, o no lees y te vuelves encefalograma plano. Eso sí, con el móvil pierdes el tiempo que da gusto.

Salir a comer

Disfrutando de la gastronomía local, digo corriendo detrás de los niños mientras los demás comen.

A mí esta es de las cosas que menos me compensa ahora mismo en la vida. Lo normal es que tengas que pasarte 3/4 del tiempo de la comida de pie, acompañando a tu hijo a jugar, comer con algún miniser en brazos con los consecuentes lamparones en tu/su ropa y sobrevivir a lloros o quejas. Total, tirar el dinero. Ahora, el día que la cosa va fina, lo gozas como nadie. La cuestión está en asumir el riesgo. A cenar, en plan sentados, ni te planteas ir porque es la misma mierda pero más cansados todos y en ese momento podrías dormirles en casa y anestesiar tu cerebro un par de horas. Netflix mediante.

Sobrevivir a las vacaciones con hijos

En fin, las vacaciones pueden ser el momento más relajado o agotador del año según tengas o no hijos. Yo ya lo vi claro en el primer año de vida de El Santo, cuando me estrené como primeriza: las vacaciones con hijos no existen (post aquí).

Lo que hay que hacer, en mi opinión es:

  • rebajar expectativas
  • organizar la situación lo mejor posible (viajes bien planteados, estancia sin familiares tóxicos, entretenimiento para los niños)
  • turnarse con el maromo para poder descansar algún ratín (o con algún cercano para hacer planes en pareja y ya lo petas)
  • echarle muuucha paciencia
  • ser flexible
  • mirar con ojos de niño

¿Tus vacaciones se parecen un poco a esta panorama o sois una familia privilegiada? ¿Algún momento curioso que no haya recogido yo?

 

Si te ha gustado esta entrada, déjame un comentario. ¡No sabes la ilusión que me hace! Y ya si la compartes… ¡laperalimonera!

GRACIAS POR LEERME

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Comments (4)

  • Ceci

    agosto 16, 2018 at 12:42 am

    Jajajajajajjajaja ay Nuria Lo que me he reído y lo bien que narras mis vacaciones y yo tengo 3, intensos…. Muy buen post. Comparto

    1. Nuria

      agosto 16, 2018 at 1:39 am

      Gracias, reina. Yo creo que más o menos andamos todas las familias igual de saturadas. Lo mejor es tomárselo con humor. Muchas gracias por leerme y comentar. Eres un sol.

  • reiniciacc

    agosto 17, 2018 at 9:40 am

    Buenísimo… si es que al final necesitamos vacaciones para recuperarnos de las vacaciones!! Jajajajaja Pero vacaciones sin peques… a que edad era que ya se pueden
    ir de campamento?? jajajajajaja

    1. Nuria

      agosto 18, 2018 at 1:22 pm

      Totalmente. El Estado nos debería financiar al menos un finde largo de descanso tras las vacaciones.

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